miércoles, 15 de septiembre de 2010

¡Viva México, cabrones!

Esta semana tenemos Bicentenario. Cómo no referirse a lo que endulza y agria la boca de la ciudadanía de este siglo XXI. Muchas son las críticas al México moderno, el que logró saborear apenas en el 2000 el grito del cambio. Sin embargo la historia de este México desgarrado por la pobreza de millones, inoculado por el virus del narcotráfico contra el que todavía no hay vacuna efectiva, enfermo de poder y atacado ferozmente por críticos que más parecen detractores, tiene un pasado lleno de traiciones y arrepentimientos; no obstante, en esta construcción irredenta pesan más los arrojos y las valentías, las resistencias y los compromisos inalienables por conseguir una patria, un país libre de la esclavitud y de la colonización, una nación unida, fuerte, independiente.

Gritos de muerte y libertad

Durante las últimas semanas hemos tenido oportunidad de acercarnos a una visión moderna y mucho más profunda de las y los personajes de nuestra historia. Como nunca se ha reivindicado la figura de doña Leona Vicario (Cecilia Suárez), proclamada Madre de la Patria por su entrega y sus aportes que fueron más allá de sólo parir una hija en una cueva o vender sus joyas para la causa insurgente. Su valía queda clara al difundirse hoy, a 200 años del inicio de la Independencia, sus ideas vanguardistas que quedaron plasmadas en sus escritos publicados en los diarios de la época, además de sus invaluables aportes al Congreso de Chilpancigo.

Gritos de muerte y libertad. Así se llamó la serie televisiva de pocos pero sustanciosos capítulos que terminarán este jueves. Capítulos salpicados de anécdotas, pero anclados en momentos cumbres que vivieron héroes como Primo de Verdad, Hidalgo y Morelos, Josefa y Leona, Guerrero y Victoria, o advenedizos como Iturbide y Santa Anna.

Magistralmente ambientada, espléndidamente actuada, elaborada con cariño y detalles que se notan al humanizar próceres antaño intocados, mostrados por los libros de texto oficiales como incólumes, hoy son expuestos de carne y hueso.

Bajo la dirección de Mafer Suárez y Gerardo Tort, y con el destello que nos ofrecen los escasos 25 minutos de video, nos adentramos en la piel de un Primo de Verdad (Mario Iván Martínez) incrédulo ante lo que pudiera hacer un “cura loco” como Hidalgo (Alejandro Tommasi), hombre de letras y sapiencia contagiado por las ideas de los Enciclopedistas franceses que proferían conceptos sobre la libertad, la fraternidad y la igualdad entre los seres humanos; y que a pesar de comandar las primeras batallas con picos, palos, trinches y piedras, armas de un ejército improvisado y pobre, no por ello deja de mostrar asombro y arrepentimiento ante lo que sus huestes iracundas y llenas de ancestral coraje son capaces de hacer contra el poder y la riqueza.

Alberto Estrella nos regala un Morelos para la historia, fuerte, valeroso y profundamente católico, temeroso de ese dios que todo lo ve, del que no quiere apartarse y por el que es capaz de recular y hasta renegar de sus actos, con tal de no escapar a su seno; no obstante su conciencia jamás se apartó del sentimiento profundo que lo llevó a empuñar las armas y arengar en favor de una nación libre, de la que modestamente se consideró su siervo.

Lumi Cavazos nos redime a una Josefa otrora marginada y sólo protagónica por sus golpes de tacón. Aquí la vemos de cuerpo entero, solidaria y entregada, visionaria, arrojada. “Tantos hombres para arrestar a una mujer” diría en el momento cumbre. Erguida y serena la vemos descender por la escalinata de su casa, presa por insurrecta, mientras los breves textos que hilan la historia nos recuerdan que mantuvo el silencio y jamás denunció a Allende, a Aldama o a Hidalgo, acción que sí realizó su medroso marido, el corregidor de Querétaro.

Qué decir de los irreconocibles generales Vicente Guerrero (Dagoberto Gama) o Guadalupe Victoria (Diego Luna). Astrosos, piojosos, barbudos y pelilargos, esos hombres de estampa límpida en textos de primaria, se antojan personajes de asombro. Cuántas desventuras generan en la inmaculada imagen de un héroe los años de acoso y huida, de enfermedades y hambre, de deambular entre senderos de selva y montaña, de vivir a salto de mata.

Estos gritos que nos regalan heroínas y héroes humanos, capaces de mostrar sus vicios privados y sus virtudes públicas, son relatos que fueron rigurosamente vigilados por historiadores reconocidos como Héctor Aguilar Camín, Javier García Diego, Enrique Flores Cano y Rafael Rojas, así como por Úrsula Camba, Alfredo Ávila y Juan Ortiz Escamilla.

Una serie digna de tener en casa, de volver a mirarla y que genera ese gusanito incómodo que nos puede llevar a saber más de nuestra historia, de las raíces de nuestra nación.

Y, ¿por qué no vivir este 15 de septiembre apasionadamente los 200 años de una nación que no acaba de ser lo que queremos, pero que tenemos, y de gritar, corazón en cuello, a todo pulmón: ¡Viva México, cabrones!

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Parque de las Américas

Tengo el privilegio de vivir justo frente a un parque grande, bien cuidado, en general limpio y que disfrutan lo mismo menores, que jóvenes y personas adultas, incluso mayores.

En el gobierno perredista de Ricardo Pascoe, como delegado en Benito Juárez, ese lugar cobró vida gracias a que se empeñó en hacerlo luminoso por las noches, circunstancia que impedía transitarlo una vez puesto el sol, dado que los riesgos a la seguridad personal eran altos.
Parque multifacético

El Parque de las Américas se ofrece con múltiples facetas. Por las mañanas es pista para quienes gustan de correr, caminar, trotar, no importa si es con pants, shorts o acompañados de su mascota. Siempre hay parejas que charlan mientras aplanan a paso veloz los senderos que se bifurcan y se encuentran cuatro jardineras adelante. Mientras unos dan vueltas, otros hacen abdominales, taichi, yoga, meditación y hasta aeróbicos a ritmos candentes.

Son horas de correr también al kinder o a la secundaria. Son horarios de tránsito de madres y padres con sus peques de mejillas rojas por el frío matutino que cruzan justo por el medio entre árboles y setos. Es momento en que las manecillas corren también y estudiantes de uniforme oficial, mochila al hombro, carpeta de argollas al brazo se pasean como queriendo no llegar a la secundaria, como tratando de que el parque se agrande más de lo que es.

Es la hora en que sale el batallón de limpia compuesto por tres o cuatro mujeres y hombres que barren con sus escobas de vara, llenan sus carritos de tambo naranja con las bolsas de basura doméstica que la comunidad suele depositar en los cestos –ojo, exclusivo para basura del parque--, riegan los prados, enderezan árboles y cortan el pasto o resiembran las flores.

Espacio de convivencia humana y animal Hacia el medio día y la tarde, cuando es momento de desandar el camino a casa, Las Américas se vuelve jardín de juegos, sus pasillos espacio para carreolas, su cancha de basquet se llena de jóvenes y los columpios chirrian a todo lo que dan envueltos en risas.

Por sus veredas trotan shnauzer, boxer, pastores alemanes, labradores, golden retriver, chihuahuas, pomerian, salchichas y criollos, la mayoría de ellos rescatados de albergues o simplemente de la calle. Algunos con correa, otros vigilados por sus amos.

La mayoría de las y los dueños recogen las heces, se comparten las bolsitas y hasta las pelotas, los freesbees y las galletas. Así se ha hecho la comunidad perruna. Se dan las tertulias bajo las palmeras o los eucaliptos. Se dan también las carreras alocadas de cuadrúpedos que gozan saltar, ladrar y hacer cabriolas. Se conocen vecinos nuevos y perros gruñones, se festejan cumpleaños con tartas de croquetas y se regalan pelotas y huesos de carnaza; se da la convivencia.

Las noches ya no son tan sombrías. Aunque ahora le faltan algunos focos, el parque nocturno está tomado por mascotas y amos, cuyas voces ambientan el lugar hasta entrada la luna en el cenit.

Los cánceres del parque La indigencia –como le llaman los policías del sitio--, son fuerte foco de infección. Empezaron tres, pero ahora se pueden juntar hasta siete hombres y por lo menos dos mujeres que beben y beben hasta quedarse aletargados por el alcohol. No es difícil saber dónde esconden sus botellas de mezcal barato. Y se identifica la zona como la que Wilde describía en el Gigante Egoísta: ese rincón donde aún nevaba, a pesar de que la primavera había tomado en el jardín.
La comunidad denuncia, y la policía responde: Para qué los detenemos si el juez los suelta en menos de una hora, porque son indigentes y no pueden pagar la fianza. Y ellos, sabedores de eso, deambulan zombies, defecan entre arbustos, duermen la mona en las bancas, se vomitan entre las flores...

Lo peor es que el alcohol trae otros males, otros vicios, otros dillers. Y con ello, otros peligros.

La basura. La gente de los alrededores tiende a llevar sus desperdicios domésticos al parque. Por las mañanas no es difícil mirar una gran laguna de bolsas que esperan pacientes a que el camión arribe. Mientras, pueden ser zona de gourmet de perros desobedientes o callejeros, e incluso de indigentes que siempre encuentran algo al razgar las bolsas. No es difícil pasar por allí en medio de olores fétidos y moscas zumbonas que invaden la atmósfera. El batallón de limpia aporta lo del parque. La montaña crece en tanto la mañana se avejenta.

La vigilancia. El módulo está ubicado al oriente del parque. Siempre hay uno o dos elementos de azul. Nunca dejan su puesto. Por ello, el parque no tiene vigilancia. No lo caminan, sólo miran hasta donde la cancha de basquet pierde su nombre para convertirse en gimnasio público. Las patrullas circulan por las calles que lo circundan, pero nunca se bajan los elementos. Adictos y basura se concentran en el medio del parque, fuera de la mirada policiaca. ¿Cómo solucionar problemas que no reporta la autoridad, ni se cerciora de que no exista?

El mantenimiento. Si bien durante la gestión perredista de Pascoe se limpió el parque, se arreglaron y pusieron a funcionar los arbotantes, y se peluquearon las palmeras; con los gobiernos panistas todo esto se ha dejado de lado. Con ventarrones y lluvias, las palmeras tiran las ramas secas, con peligro de accidentar personas; los focos de los arbotantes, poco a poco se han ido fundiendo –curiosamente en la zona “nevada” de los “indigentes”-- y no se reponen; un buen día amanecimos con una torre para ambulancias en el poniente del parque, que sirve más de albergue para la pandilla de alcohólicos que para servicio de ambulancias; y otro más, nos sorprendimos porque toda una isla donde crecían árboles añosos y se vestía de flores en primavera, se montaron una serie de monolitos de piedra al más puro estilo Stonehenge. Nadie sabe para qué sirven o en honor a quién o qué se erigieron. Se habla, como siempre, de la necesidad de gastar el subjercicio.

Y, ¿por qué no? La comunidad del parque cuida su espacio, denuncia anomalías y hasta se cansa de mirar la indulgencia con la que se manejan estas autoridades. Habrá que repensar eso de la reelección, a lo mejor es la forma en que legislativo y autoridades voltean un poco a sus comunidades y sus compromisos políticos.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Las únicas culpables

Qué fácil es dejar la única y exclusiva responsabilidad de la violencia contra las mujeres, en las mujeres. A lo largo de más de tres décadas de militancia en el feminismo, en ningún momento he dejado de escuchar la eterna crítica de que si los hombres son machos, se lo deben a las mujeres, pues ellas así los crían.

Múltiples veces he escuchado también discutir las condiciones en que esa educación se transmite y de las diversas partes que tienen responsabilidad en la herencia cultural, entre las que se cuenta primordialmente el Estado.

Nuevamente el debate se presenta en boca de Cristina Dyjak, funcionaria de la Comisión de Derechos Humanos del Estado de México (Codhem), quien vuelve a responsabilizar a las mujeres de ser las que deben promover la equidad de género desde sus hogares.

Tal parece que la funcionaria se quiere sacudir la responsabilidad que le compete a una institución como en la que trabaja respecto del propio compromiso que tiene para incidir en la modificación de conductas ancestrales y patriarcales que devienen en el machismo.

Transmitir una educación basada en el respeto y la igualdad de género no es viable si no se atienden otras aristas de la problemática, como son la publicidad, la educación formal, la ausencia de una presencia paterna en la educación en la familia, donde patrones de discriminación, de marginación y falta de reconocimiento a las capacidades de las mujeres está presente.

Los patrones culturales a los que aduce la funcionaria que habrían de eliminarse están profusamente fortalecidos por el lenguaje sexista y las imágenes a las que cotidianamente nos enfrentamos.

La publicidad es una de las ramas que se deben atender, pues son las que persisten en seguir asignando a las mujeres su pertenencia al mundo de lo privado. No en balde se han criticado copiosamente aquellos destinados a la limpieza del hogar, donde “ella es la reina” y él sólo aparece como verificador calificado de la calidad del producto.

Incluso ahora, casas comerciales de prestigio, o de productos de belleza exacerban sus efectos benéficos para conseguir mujeres ardientes o las pintan frívolas, interesadas y monetarizadas.

Si bien es cierto que la violencia que se vive en casa, se aprende como algo natural, también lo es que el refuerzo a través de mensajes publicitarios –institucionales y comerciales--, de programas televisivos y de una educación pública carente de equilibrio y respeto a las mujeres, hace el efecto correspondiente.

Los libros de texto siguen sin incluir a las mujeres en su trascender histórico, sin mostrarlas como seres capaces de crear literatura, ciencia, arte, política; minimizan sus logros y ocultan sus avances.

Sin ejemplos a seguir en áreas diferentes a las patriarcalmente otorgadas a las mujeres, nosotras no podremos ayudar a eliminar del cotidiano nuestro sempiterno papel como reproductoras y seres al servicio de las y los otros, ya sea en la cocina, en el cuidado de la salud, en el cuidado de la economía familiar, en la atención al vestido, al ocio y a la educación informal.

El Estado tiene una responsabilidad que ha soslayado en todos los ámbitos, desde la elaboración y diseño de políticas públicas incluyentes y con equidad, hasta predicar con el ejemplo.

Y, ¿por qué no exigimos, para empezar, el cumplimiento y difusión de leyes como la de Igualdad entre mujeres y hombres, contra la Discriminación o la de una Vida libre de violencia contra las mujeres?

lunes, 23 de agosto de 2010

Si Juárez viviera

En el proceso de construcción del México revolucionario, se levantaron las voces eclesiales en contra de las decisiones políticas que iban dando piso y cimiento a una nación. Hoy día, a 100 años de aquel momento que nos colocó como país a la vanguardia, la iglesia católica vuelve por sus fueros de manera cada vez más intolerante y sañosa.

Herederos de una cultura de hipocresía total, quienes predican una cosa en el púlpito, pero en los hechos son capaces de cometer atrocidades que luego pretenden limpiar minimizando sus efectos, curas, obispos, arzobispos y cardenales de la más recalcitrante ideología de la intolerancia y promotores de la violencia, insisten en pasarse por el arco del triunfo los ordenamientos y las normas del Estado.

Hace ya muchos ayeres que la iglesia dejó de tener, por ley, ascendencia sobre las decisiones ciudadanas y de soplar al oído del virrey las normas a seguir. Somos la ciudadanía quienes determinamos quienes nos gobiernan, con qué programas políticos, bajo qué parámetros ideológicos queremos ser administrados y gobernados. Eso lo ganamos con la Independencia, lo asentamos con la Reforma y lo confirmamos con la Revolución.

Aunque Norberto y sus secuaces parece que no conocen esa parte de la historia. Y puede ser, dado que fueron educados bajo esquemas que les obliga a reconocer como único jefe de gobierno al papa, y las únicas leyes, las que se dictan desde el Vaticano.

Norberto, Sandoval Íñiguez y Martín Rábago, entre otros vociferantes insisten en ponerse por encima de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, la que de manera muy clara determina que es derecho de la ciudadanía profesar la creencia religiosa que más le agrade, misma que podrá seguir a su libre albedrío en los sitios señalados para ello, y siempre y cuando no infrinja lo que la propia Carta Magna o leyes que emanen de ella dictaminen (ver Art. 24).

Y los clérigos se han empeñado en pisotear una y otra vez las garantías individuales con que nos dota la Constitución, los derechos ciudadanos a no ser discriminados por nuestro género, religión, opinión, preferencias, por nuestro estado civil, o cualquiera otra que anule o menoscabe los derechos y libertades de las personas, entre otras (ver el artículo 1o).

¿Cuáles de éstos han respetado? Algunos ejemplos:

Las mujeres no podemos acceder a puestos de toma de decisiones dentro de la iglesia –ser curas, obispas, arzobispas o cardenales—porque la propia normatividad de la iglesia lo impide.

Entonces, si la iglesia católica no permite que las leyes civiles incidan en sus leyes, ¿por qué el Estado ha de ceder a los caprichos de estos señores? Aquí hay una clara discriminación por género.

Desde la opinión eclesial, las mujeres no podemos decidir sobre nuestro propio cuerpo, sobre nuestra sexualidad ni tener acceso al placer, porque desde su muy obtusa óptica, sólo estamos llamadas para ejercer la maternidad, cualquiera que sea la forma en que hayamos quedado preñadas. Se les olvida que en las paredes de conventos y seminarios se han encontrado fetos emparedados, productos de los escarceos sexuales entre hombres y mujeres de hábitos, que han de ocultar.

Homosexuales y lesbianas no son bienvenidas al seno de la iglesia, y se le olvida a la iglesia los cientos de curas que sólo se levantan las naguas para sentir el placer que les puedan proporcionar niños y niñas. Pederastia y homosexualismo son una constante entre clérigos, se saben, se han denunciado y el peso de la ley civil no les toca un pelo, porque los gobiernos panistas aceptan que la iglesia tenga sus propias normas y castigos. El caso más sonado y vergonzoso es el deMarcial Maciel.

Del estado civil, ni habría que tocarlo. Se trata de un derecho que sólo compete al Estado, y la iglesia católica no lo es. Si la iglesia no quiere casar a homosexuales o lesbianas, está en su derecho de no hacerlo. Pero cualquier pareja, incluidas las que tienen preferencias sexuales diferentes, tienen derecho a solicitar su acta matrimonial ante jueces civiles, que son los representantes del Estado laico en el que vivimos y por el hemos peleado.

Pero las necedades de los de negro, morado o púrpura van teniendo consecuencias. Ayer fue agredida una reportera por un prestanombres del clero. La intolerancia sólo provoca violencia. Y ellos son los primeros que llaman al ataque, a romper las leyes que nos han dado democracia, gobierno y estabilidad como nación civilizada.

Y, ¿por qué no hemos tenido una sola declaración de la Secretaría de Gobernación al respecto?

miércoles, 11 de agosto de 2010

Hacia la Edad Media

En este bicentenario de Independencia, en este centenario de Revolución, México sigue sorprendiendo.

Camina hacia atrás, insiste en desdibujar su marcha de país vanguardista y ponerse a la cabeza de un movimiento que lo lleve hacia la época en que las personas sin recursos, con pieles de ébano o rasgos de ídolos de piedra eran seres sin alma y sin sentimientos, factibles de hacerles esclavos o desecharles como basura, de usarles hasta morir, de despreciarles e incluso esconderles sólo porque su color o su estrato social no estaba a la altura de las expectativas de esas sociedades de morales rancias, hipócritas y podridas.

Esa es la actitud que veo y siento en las declaraciones de gobernadores que, en papeles de decimonónicos virreyes, que en una clara postura dictatorial y autócrata, desprecian los fallos de la Suprema Corte de Justicia –ya sea en el respeto y constitucionalidad de los matrimonios entre personas, aunque sean del mismo sexo, o el derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo--, cuando es precisamente ese sistema el que nos conformó como nación, por el que fuimos a varias guerras, entre ellas la Cristera y el que supuestamente estamos celebrando este 2010.

En una clara posición de burla y desdén, gobernadores como Guillermo Padrés Elías, el panista de Sonora –quien ha dicho que en su estado no habrá tal validez para los matrimonios entre personas del mismo sexo, así nomás, por sus pistolas, o sea, ¿más clara la autocracia?--, y José Calzada Rovirosa, el priísta de Querétaro –que ha propuesto la designación de “espacios especiales” para parejas homosexuales y lesbianas que acudan a restaurantes, con el fin de evitar “espectáculos”-- son el mejor ejemplo de que México camina a la inversa.

Ya el jalisciense Emilio González Márquez ha puesto su granito de arena con controversias constitucionales ante la despenalización del aborto, lo mismo que el guanajuatense Juan Manuel Oliva Ramírez, cuyo gobierno mantiene la postura de que las mujeres que están encarceladas cumpliendo una condena por 30 años, no están allí por aborto, aunque éste fue espontáneo, sino por privar de la vida a un ser humano. Ambos, seguramente se sumarán entusiasmados a las voces de sus aliados ideológicos (aunque pertenezcan a distintos partidos políticos), Padrés y Calzada.

Estas acciones de profundo egoismo, de clara intolerancia e incomprensión, de reprobable desprecio e insondable desconocimiento de los derechos humanos son las que dividen familias, amistades, sociedades; son las que enconan odios y generan respuestas de violencia.

En momentos en los que México acaba de vivir una de las marchas más inusuales, la de periodistas, que está dando inicio a un nuevo proceso precisamente por la violencia que están viviendo sus miembros, sobre todo en los estados, en contra de sus vidas, su seguridad, pero sobre todo en la defensa y respeto a su trabajo, al derecho a informar y por la libertad de expresión, es realmente penoso y desanima que los titulares de los gobiernos, esos servidores públicos electos para administrar y gobernar en favor de las mayorías, se muevan unilateralmente por convicciones propias y morales personales.

Chiapas ya vivió su momento de alto índice de homicidios de homosexuales; Ciudad Juárez sigue padeciendo el resultado del odio de género con su creciente número de mujeres asesinadas; los índices de violación y asesinato no han bajado, muy por el contrario. Sabemos que el Estado de México es la entidad que más asesinadas arroja, y para muestra el premio que la CONAPRED le otorgó a Humberto Padgett León por su trabajo sobre el tema.

¿Qué sigue? ¿Camiones con compartimentos separados para personas con tatuajes o piercings? ¿Volvemos a bajar de las banquetas a quienes visten huipiles y calzones de manta? ¿Regresamos al encierro entre cuatro paredes a las personas con discapacidad?

Y, ¿por qué no volteamos hacia esos países desarrollados para saber cómo llegaron a esos niveles de avance y al mismo tiempo aprendieron a respetar los derechos humanos de sus habitantes, en lugar de enclaustrarnos en nuestros mundos internos de soberbia y fatuidad, confinando al resto a la ignorancia y el temor?

lunes, 2 de agosto de 2010

La respuesta -hasta ahora- es el silencio



Abrazamos una profesión sin igual. No sólo nos ofrece la oportunidad de estar en el momento mismo en que se produce la historia, donde nace la leyenda y se conoce el secreto íntimo del hecho; sino que además nos brinda la enorme responsabilidad profesional de narrarle a la sociedad sobre esa verdad que nos atraviesa los sentidos y el intelecto, un servicio y una misión que de pronto parecen relegados por el marketing, pero que cuando nos enfrentamos a situaciones de profundo repudio, como el amedrentamiento y la cohersión, queda claro que se sigue haciendo.

A raíz de los más recientes secuestros de periodistas en la Comarca Lagunera, se vuelve a mostrar la fragilidad en la que trabajamos. Desde el artero asesinato de Manuel Buendía, hasta los múltiples ataques que al final terminaron con la vida de Jesús Blancornelas, como ejemplos emblemáticos y sentidos, el vulnerable gremio ha aportado vidas y sangre de hombres y mujeres en esta guerra de poderes.

Ejemplos infaustos no faltan. El Programa de Libertad de Expresión del Centro de Periodismo y Ética Pública (CEPET), documentó la agresión contra 183 periodistas en 2009, y 13 asesinatos; 10.23 por ciento más en relación con 2008. Con base en información de la agencia cimacnoticias, se sabe que del total de profesionales de la comunicación que sufrieron agresiones el año pasado, 27 eran mujeres periodistas : 20 reporteras, una camarógrafa, una fotógrafa, 3 comunicadoras de radio, una de radio comunitaria y una portavoz.

Aunque llevamos muchos años contabilizando las agresiones contra periodistas por su actividad profesional, hay que celebrar que –no obstante deberse a un acto aciago-- finalmente esta última agresión esté movilizando al gremio, y ojalá que ahora sí se haya vertido la gota que derrame el vaso de agua.

Hubimos de sumar nombres y vidas, como el de María Esther Aguilar Casimbe, reportera del Diario de Zamora y corresponsal de Cambio de Michoacán, desaparecida desde 2009. Como ella, muchas otras en años anteriores fueron alargando las listas de periodistas agredidas, amenazadas, e incluso, asesinadas.

Tales son los casos documentados de 23 periodistas mujeres entre 2005 y 2010, de los que 3 han terminado con la vida de ellas. Bajo el silencio absoluto de las autoridades judiciales federales y locales, están por ejemplo, las indagaciones de los homicidios de Teresa Bautista y Felícitas Martínez, periodistas de la radio comunitaria oaxaqueña “La voz que rompe el silencio”.
No obstante ser comunicadoras y comunicadores, periodistas en activo desde cualquier trinchera, la paradoja del silencio nos envuelve. No han bastado las múltiples iniciativas puestas en marcha por el ejecutivo como la Fiscalía Especial para la Atención de Delitos Cometidos contra Periodistas, para resolver la impunidad en la que siguen actuando esos sectores que atentan contra el gremio, el derecho a la información y la libertad de expresión. Baste citar el caso de la compañera Lydia Cacho para visualizar el amplio espectro del fango.

La exigencia por ejercer una profesión con políticas reales de protección es una de las múltiples demandas que las y los periodistas harán este sábado 7 de agosto en la marcha a la que se ha convocado a través de redes sociales. Partirá del Ángel de la Independencia al Zócalo. La cita es a las 12 del día. Y ya empiezan a circular los manifiestos.

Copio aquí la más reciente:

Carta abierta de periodistas de diversos medios : “A raíz de la liberación de nuestros compañeros periodistas, secuestrados la semana pasada, manifestamos que:

1. Celebramos su liberación y expresamos nuestra plena solidaridad con ellos y con los medios que representan.

2. En esta etapa de violencia por la que atraviesa nuestro país, recordamos también a todos los compañeros periodistas y comunicadores que han perdido la vida, han sido amenazados o desplazados en el ejercicio de su profesión. Nos solidarizamos con sus familias, sus amigos y sus medios.

3. Los periodistas y comunicadores padecemos, al igual que toda la sociedad, la violencia que azota al país. Lamentamos profundamente lo que está sucediendo. Nuestra labor es la de informar. Por ello, sostenemos nuestra convicción de denunciar con toda energía cualquier hecho de violencia, incluidos aquellos que atenten en contra de un medio de comunicación o un periodista.

4. Tenemos claro que los delincuentes han decidido declararle la guerra también a los medios de comunicación, porque buscan así cancelar el ejercicio libre de nuestra profesión, indispensable para la democracia. Apuestan, pues, por matar al periodismo y ponerlo a su servicio, lo que por desgracia ya ocurre en algunas regiones del país. Desde hace tiempo, el ejercicio de la profesión periodística se ha convertido en una actividad de alto riesgo. Justo por ello expresamos nuestro compromiso con la comunicación y con la libertad para el ejercicio profesional. No cederemos.

5. Lo ocurrido la semana pasada nos sorprende solos, desunidos, y debe obligarnos a una reflexión colectiva sobre el ejercicio periodístico, que redefina nuestras políticas editoriales en la cobertura de este tema. No podemos navegar solos en estos momentos y no podemos quedarnos en la mera solidaridad con los compañeros caídos. Tenemos que construir los espacios de reflexión y debate que sean necesarios, para definir las mejores políticas de comunicación conjuntas y para hacer frente a la delincuencia. Los medios pueden y deben contribuir, cumpliendo con su papel, a la construcción de un México mejor.

6. Reiteramos que nuestra labor es informar. Lo seguiremos haciendo.”
Fuentes: Excélsior, El Universal, Milenio, El Economista, La Razón, Mario Campos, Imer; noticiario de Pedro Ferriz de Con, Imagen; Javier solórzono, Radio Trece; Martín Espinosa, Reporte 98.5; y W Radio.

Y, ¿por qué no sumarse para que por nosotras y nosotros, no quede, como dijera Mariví?

lunes, 19 de julio de 2010

Una mente comodina

Hay de tragedias a tragedias. Y todo depende de la generación a la que se pertenezca para que ésta tenga una trascendencia y peso distintos. Ni duda cabe que una de las peores es perder el celular. Ese pequeño artefacto que se incrustó en nuestras cotidianidades cual tatuaje indeleble y que nos ha hecho ver y vivir la vida con muchos más placeres que sinsabores.

Con esto de las nuevas tecnologías, a una ya se le olvidó lo útiles que eran esas diminutas agendas para el bolso de mano. Recuerdo -y hasta la fecha lo hago, pero se quedan intactas todo el año- la afanosa búsqueda en las épocas decembrinas de esas libretitas que cupieran junto a la cartera, que fueran diminutas, funcionales, que tuvieran lindos colores, fotos o frases motivadoras, un buen espacio para escribir la cita cada vez con letra más grande y que solíamos cargar dos o tres meses después de iniciado el año, junto con la nueva mientras copiábamos los números telefónicos de la viejita.

Hace unos días, mi celular tuvo a bien darme un susto. De pronto dejó de funcionar y no había forma de prenderlo. Los amigos de Telcel dijeron que para revisarlo, debía autorizar que, si era necesario, se le hiciera un borrado total de la memoria. Sólo pensar que todos mis números de contacto con el mundo estaban allí, salí desesperada de ese consultorio y en busca de otros médicos que me dieran alternativas menos radicales y funestas.

De pronto me vi en la indefensión, no podía comunicarme con nadie. Me di cuenta que no recordaba más allá de los números telefónicos de mi casa y por supuesto el de mi celular, pero, ¿y el de mis seres queridos, de mis amigas, de la oficina o amigos?, nada, ninguno, ni por equivocación.

Hasta antes de que llegaran a mi vida celulares, computadoras personales, palm o cualquiera tecnología de amplia memoria y capacidad, mi cerebro era capaz de recordar un sinfín de números telefónicos y direcciones vinculadas a los nombres y apellidos de las y los dueños, pero no sólo, sino que además tenían rostro.

Me sabía no sólo el de mamá sino el de su trabajo, el de la oficina de papá, el de casa y los de la familia: la abuela, el tío, la tía, el primo recién casado; los de las amigas, el del novio e incluso, el de la tienda de la esquina!

La mente es una comodina. Cuando tiene la posibilidad de emplearse en otros menesteres, olvida ciertas funciones y aprende otras. Así que la mía olvidó cómo recordar números telefónicos, cómo vincularlos con direcciones y caras, porque aprendió a mover un botón que le ofrece toda esa información; a veces, hasta dudo de mi número celular y lo corroboro apretando ese botoncito bien aprendido.

Ya no necesito darle cuerda al despertador ni apuntar las citas de trabajo, todo me lo resuelve ese cada vez más pequeño y competente aparato. Y es que estamos tan habituadas/os a que todo está en el celular, que efectivamente cuando lo perdemos, sentimos que la vida se nos va...

Y, ¿por qué no, además de resguardar la información en otro disco duro, recuperamos al vieja tradición de la agenda de bolsillo?